lunes, 23 de mayo de 2011

PRODUCTO 11: BREVE NARRACIÓN SOBRE ALGÚN ELEMENTO PRESENTE EN LA INFORMACIÓN

¡Ahí viene Don Pancho Villa!-  gritaba la gente del pueblo, y ningún hombre, mujer o niño se atrevía a salir de su casa, solo algunos, los más valientes,  se asomaban desde la ventana de los jacales. Todos teníamos miedo de que se  llevaran las cosas del pueblo, pues decían por ahí que arrasaban con todo, todo se llevan: comida, agua, caballos, armas, niños pa cargar las armas o ayudar en los menesteres de la campaña como dar el redoble de los tambores  o tocar la diana para despertar las tropas, otros trabajaban como caballerangos, aguadores o mensajeros y cuando cumplían los 13 años ya podían participar en el campo de batalla, para lo cual les daban una pistola o una carabina 30-30. También se llevaban a las mujeres, a quienes ponían a echar tortillas, ayudar en la limpieza y servían como soldaderas, enfermeras o cocineras; llevaban su canana con balas, cruzada en el pecho, cargaban en la espalda a sus bebés, y llevaban itacates con comida para alimentar a los revolucionarios, eran muy contadas las que lo hacían, y por eso todo mundo las quería. Una de ellas le decían la Adelita que era reguena pal gatillo, muy bonita, pero con un carácter que daba miedo porque ni los mismos soldados se atrevían a mirarla.

El ejército se imponía… a lo lejos se veían desfilar cientos y cientos de caballos, y hasta se sentía el vibrar del suelo por el paso acompasado de las legiones, que bajaban lentamente por la ladera y llegaban al valle  levantando el polvo de los caminos pedregosos, pero de todo el ejercito, los más temidos eran “los dorados”,  porque su uniforme era de color caqui y cuando se les veía cabalgar de lejos bajo la luz del sol, parecía tornarse de color dorado, ellos eran el cuerpo mejor disciplinado y armado  y con una puntería asombrosa.  Los hombres  venían sudados, malolientes, sucios, desarrapados, casi negros de la cara, quemados en las facciones por los días completos que pasaron estando en el sol cuando andaban en la campaña. El llegar a un pueblito como el nuestro era tan reconfortante como para un perdido del desierto al encontrarse con un oasis. Y así, sin más ni más, se bajaban rápidamente de los caballos, pedían agua y comida, comían que daba miedo, no había tiempo para ponerse de remilgoso, lo importante era llenar la panza; los días en lo montes, montañas y desiertos los habían hecho así, devoradores de todo.
Si había tiempo,  conseguían algunas cervezas,  y trataban de olvidarse un momento de las penurias sufridas en esta lucha que había iniciado hace ya 4 años, ya hasta ni sabíamos por qué luchamos porque don Porfirio había renunciado 1 año después de iniciada la guerra, después don Panchito como le decían algunos, se hizo presidente, pero lo mataron… y el ejército, seguía así, al pie del cañón, armando guerrillas, buscando la tan anhelada justicia.

Don Pancho Villa  no tomaba, únicamente se dedicada a vigilar, caminaba de un lado a otro, pendiente y preocupado por si algún ejército contrario les cayera de sorpresa…  Era muy musculoso y alto,  tenía los dientes manchados, el bigote relamido y el pelo rizado; cuando estaba enojado, parecía que de sus pequeños ojos cafés sacaba chispas y centellas. Le decían el centauro del Norte,  como si fuera un ser mitológico, mitad hombre  y mitad caballo, pues era un diestro jinete  que siempre cabalgaba erguido y con las piernas tiesas. Yo anhelaba formar parte algún de “los dorados” e irme a la bola con todos ellos, aunque se que tendría que sufrir pero el solo pensar en todas las aventuras que viviría y poder servir a mi patria me llenaba de emoción.

1 comentario:

  1. Me gustó tu narración, es muy viva y desde el principio capta el interés del lector o quien la escucha. Muy bien hermano

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